PULSOSalud desde adentroReflexión · 2026-10-23
La buena compañía: un bien no negociable
Literatura y reflexión. Un texto sobre los afectos, el tiempo y esa riqueza silenciosa que solemos advertir demasiado tarde.
En economía se denomina bien no transable a aquel que, por su propia naturaleza, no puede intercambiarse fácilmente fuera del lugar donde se produce o se consume. Su valor está atado a una circunstancia, a una geografía, a un momento determinado. No viaja con facilidad. No puede trasladarse simplemente hacia otro mercado cuando las condiciones cambian. Me gusta esa definición. Aunque sospecho que los economistas jamás imaginaron el uso que pretendo darle. Porque con el tiempo comencé a pensar que existen también ciertos bienes humanos que deberían pertenecer a una categoría semejante. Bienes que no se compran. Que no se venden. Que no deberían negociarse.
Una charla con tu madre. Un café con tu padre. Una conversación sin apuro con un hijo. Una reunión con tus hermanos. Una sobremesa con amigos. Una cena con la persona que elegiste para caminar la vida. Un paseo sin destino. Una carcajada cuyo origen probablemente nadie recuerde dentro de diez años, aunque todos recordarán haber sido felices aquella noche. Ahí existe una riqueza para la que todavía no inventamos una moneda. Y quizás haya sido mejor así. Porque hemos cometido el error de medir casi todo aquello que poseemos, mientras dejamos sin unidad de medida precisamente aquello que más vale.
Sabemos cuánto dinero tenemos. Cuántos metros tiene nuestra casa. Cuánto cuesta nuestro automóvil. Cuánto facturamos. Cuánto debemos. Cuánto ganamos. Pero nadie recibe al final del mes un resumen bancario donde figure: Conversaciones con tu madre: 4. Cafés con amigos verdaderos: 3. Abrazos de tus hijos: 17. Horas mirando tranquilamente a la persona que amás: 2. Quizás si existiera semejante extracto comprenderíamos algunas pobrezas que hoy confundimos con éxito. Porque hay fortunas que sólo se descubren cuando empiezan a desaparecer.
Y entonces aparece el tiempo. Ese antiguo prestamista. Nos concede días sin decirnos cuántos quedan y después, con una puntualidad aterradora, comienza a cobrarlos. Uno detrás de otro. Sin negociación. Sin refinanciación. Sin excepciones. Borges imaginó alguna vez el tiempo como un laberinto. Yo sospecho algo todavía más inquietante: quizá el laberinto no sea el tiempo, sino nuestra absurda convicción de que siempre tendremos suficiente.
Decimos: Después voy. La semana que viene lo llamo. Cuando tenga un poco más de tiempo nos juntamos. Cuando termine esto. Cuando resuelva aquello. Y así vamos hipotecando momentos presentes en favor de un futuro que jamás firmó contrato alguno con nosotros.
Hasta que un día una silla queda vacía. Entonces comprendemos. Pero comprendemos tarde. Y pocas experiencias son tan crueles como descubrir el verdadero precio de algo cuando ya no puede comprarse.
Hay, sin embargo, otra compañía que también debemos aprender a valorar. La propia. Llegado cierto momento de la vida, uno debe aprender a sentarse consigo mismo sin sentir la necesidad de escapar. No hablo de enamorarse de la soledad. La soledad elevada a religión puede ser apenas otra forma sofisticada de aislamiento.
Hablo de respetarla. De concederle un lugar. De comprender que también existe una intimidad necesaria con uno mismo. Porque hay preguntas que ninguna multitud puede responder. Hay derrotas que deben digerirse en silencio. Hay decisiones que necesitan atravesar primero el tribunal de nuestra conciencia. Y existen momentos en los que el único testigo posible de nuestra verdad es aquel hombre que aparece cuando cerramos la puerta y desaparecen los demás. Nosotros mismos.
La soledad puede ser una excelente compañía. Incluso una gran maestra. Pero existe una condición. Antes debemos habernos llenado de otros. De amor. De conversaciones. De risas. De abrazos. Incluso de alguna lágrima compartida.
Porque tampoco existe equilibrio en los extremos. Necesitamos silencio para comprender el ruido. Necesitamos distancia para reconocer la cercanía. Necesitamos ausencia para entender la presencia. Y, aunque resulte incómodo admitirlo, necesitamos mirar alguna vez a la muerte a los ojos para comprender verdaderamente la vida.
No hace falta obsesionarse con ella. Alcanza con recordarla. La muerte posee una virtud que pocas escuelas de negocios enseñan: ordena prioridades con una eficiencia brutal. Ante ella desaparecen muchos asuntos que considerábamos enormes. La discusión absurda. El orgullo. La llamada que no hicimos. El abrazo que postergamos. La conversación que decidimos ganar en lugar de comprender.
Cuando la muerte entra en la ecuación, muchas victorias empiezan a parecer derrotas. Y muchas pequeñas escenas cotidianas revelan súbitamente su condición de tesoros.
Hoy escribo mientras la tarde está gris. El cielo amenaza lluvia pero todavía no se decide. Hay algo particularmente hermoso en ese instante. Las nubes parecen deliberar. El aire contiene una promesa que todavía no se cumple. Existe una pequeña tensión entre la tormenta posible y el sol que quizá consiga atravesarla. Siempre me gustaron los días así. Tienen una melancolía particular. Un misterio. Una especie de pausa del mundo. Quizá por eso me gusta escribir cuando la tarde se vuelve gris. Porque uno observa mejor ciertas cosas cuando disminuye la luz exterior. Y porque el gris tiene una cualidad que solemos olvidar: permite distinguir los colores. Amo los días grises. Tal vez porque tengo la fortuna de conocer tres soles capaces de iluminarlos. Tres luces que convierten muchas de mis tormentas en apenas meteorología.
Y entonces miro alrededor. Repaso errores. Decisiones acertadas. Equivocaciones. Personas que llegaron. Personas que se fueron. Cosas que creí imprescindibles y hoy resultarían completamente irrelevantes. Y otras que alguna vez parecieron pequeñas y que ahora comprendo que constituían casi todo.
Después de examinar las evidencias, como haría Holmes ante una escena que aparentemente carece de explicación, la conclusión se vuelve inevitable: vivir bien tiene mucho menos que ver con acumular cosas que con reconocer a tiempo aquello que no estamos dispuestos a perder.
Tal vez por eso pienso que estoy viviendo bien. No perfectamente. Bien. Que es bastante distinto. Cometiendo algunos errores para evitar la sospechosa monotonía de la perfección. Aprendiendo. Equivocándome. Corrigiendo. Amando. Perdiendo alguna batalla innecesaria. Ganando otras que nadie verá.
Y conservando la esperanza de que, alguna vez, todos podamos hacer algo extraordinariamente revolucionario: detenernos cinco minutos. Preparar un café. Sentarnos junto a una ventana. Mirar el cielo. Y cerrar los ojos.
Sí. Cerrar los ojos para poder ver. Porque quizá entonces aparezca ante nosotros ese inventario secreto que ninguna contabilidad registra.
Las personas que nos quieren. Aquellas a quienes queremos. Las conversaciones que todavía podemos tener. Los abrazos que todavía podemos dar. Las llamadas que todavía pueden hacerse. Los cafés que todavía esperan sobre alguna mesa.
Entonces comprenderemos algo que quizá estuvo frente a nosotros desde el principio. La riqueza no siempre consiste en conseguir algo más. A veces consiste simplemente en advertir que ya tenemos aquello que un día daríamos cualquier cosa por recuperar.
Por eso la buena compañía no debería formar parte de ninguna negociación. Ni siquiera de aquella negociación silenciosa en la que solemos cambiar tiempo por obligaciones, presencia por urgencias y afectos por asuntos aparentemente importantes. Hay bienes que poseen precio. Otros poseen valor. Y algunos, los verdaderamente escasos, poseen algo mucho más inquietante: tienen fecha de vencimiento, pero nadie sabe cuál es.
Quizás por eso, mientras esta tarde gris continúa dudando entre la lluvia y el sol, pienso que convendría cuidar un poco más a quienes se sientan alrededor de nuestra mesa. Incluyéndonos. Porque llegará un día en que todo aquello por lo que corrimos pertenecerá a otra persona. Pero habrá ciertas tardes, ciertas voces y ciertos abrazos que seguirán viviendo únicamente dentro de nosotros. Y ésos sí habrán sido nuestros. La buena compañía no se compra. Se reconoce a tiempo.
Fuentes
- No se consignan fuentes bibliográficas en el PDF original.