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Voces · 2026-10-24

Más allá del timbre: la urgencia de integrar la enfermería escolar en el sistema educativo argentino

La salud no queda afuera cuando empieza la jornada escolar. Frente a enfermedades crónicas, accidentes, emergencias y necesidades de prevención, la discusión no es si la escuela debe ocuparse de la salud, sino cómo organizar ese cuidado sin trasladar responsabilidades sanitarias a quienes no fueron formados para ejercerlas.

Por Natalia Spallino

Profesional de enfermería conversando con una niña en un pasillo escolar. Escena ficticia generada con IA.
Imagen ilustrativa; no documenta personas ni hechos reales. · Crédito: Ilustración editorial generada con IA para PULSO (2026).

En una escuela puede aparecer una situación de salud en cualquier momento. Un estudiante con asma que comienza a tener dificultad para respirar. Una caída en el patio. Una convulsión. Una reacción alérgica. La necesidad de administrar una medicación indicada previamente. O algo menos urgente, pero igualmente importante: advertir que un problema de salud está interfiriendo con el aprendizaje, la asistencia o la vida cotidiana de un niño. La respuesta concreta depende de cada jurisdicción, de cada institución y de los protocolos disponibles. En muchos casos, la primera tarea de los adultos presentes es reconocer que algo ocurre, activar el circuito previsto, acompañar al estudiante y pedir la intervención sanitaria correspondiente.

Eso ya muestra algo importante: salud y educación nunca estuvieron realmente separadas. La pregunta es cómo se organiza ese encuentro.

Mucho más que un botiquín

Pensar la enfermería escolar únicamente como alguien que cura una herida o responde ante una emergencia reduce demasiado su alcance posible. La enfermería profesional incluye funciones de promoción de la salud, prevención de enfermedades, cuidado, educación y articulación con otros actores del sistema sanitario.

Llevada al ámbito escolar, esa mirada puede aportar en diferentes planos:

respuesta y primera valoración dentro de las competencias profesionales y los protocolos aplicables;

acompañamiento de estudiantes con condiciones crónicas que requieren cuidados durante la jornada;

educación y promoción de la salud;

articulación con familias, equipos docentes y servicios sanitarios;

registros que permitan dar continuidad a intervenciones relevantes;

participación, junto con los equipos correspondientes, en situaciones que requieran protección integral de niñas, niños y adolescentes.

Nada de esto convierte a la escuela en un hospital. Tampoco convierte a la enfermería escolar en sustituto del pediatra, del sistema de emergencias o del primer nivel de atención.

Su valor posible está precisamente en otra parte: ser un puente profesional entre la vida cotidiana de la escuela y el sistema de salud.

La articulación ya existe

Argentina cuenta desde hace años con políticas que reconocen la necesidad de articular salud y educación. El Programa Nacional de Salud Escolar (PROSANE), creado en 2008, se define como una política integrada de cuidado para población en edad escolar. Su misión es fortalecer el trabajo entre Salud y Educación, promover el acceso al sistema sanitario y desarrollar acciones de prevención y promoción. El programa funciona mediante equipos del primer nivel de atención que realizan controles integrales de salud, vacunación cuando corresponde, detección de problemas y derivaciones.

Es una estrategia importante. Y al mismo tiempo permite ver una diferencia central. Una intervención programada del sistema sanitario en la escuela no es lo mismo que disponer de una capacidad de cuidado profesional integrada a la vida cotidiana de una institución educativa. Son herramientas distintas. Pueden complementarse.

Qué dicen —y qué no dicen— las leyes

La discusión también necesita precisión normativa. La Ley 26.061 reconoce el derecho de niñas, niños y adolescentes a la atención integral de su salud y al acceso, en igualdad de oportunidades, a acciones de prevención, promoción, información, protección, diagnóstico y tratamiento. La Ley de Educación Nacional 26.206 establece la coordinación de las políticas educativas con las de salud y promueve la vinculación intersectorial para garantizar condiciones adecuadas para el aprendizaje. La misma ley reconoce, además, que el personal de salud puede formar parte de la comunidad educativa. Por su parte, la Ley 24.004 define —dentro de su ámbito de aplicación— funciones propias del ejercicio profesional de la enfermería vinculadas con la promoción, prevención, recuperación y rehabilitación de la salud. La regulación concreta del ejercicio también debe leerse junto con las normas jurisdiccionales correspondientes.

Pero hay algo que estas normas nacionales no hacen por sí mismas: no crean automáticamente un cargo obligatorio de enfermería permanente en cada escuela argentina. Ese punto es importante. La existencia de derechos de salud, mecanismos de articulación y competencias profesionales no equivale a que ya exista un modelo nacional uniforme de enfermería escolar. Precisamente por eso la discusión sigue abierta.

Cuando una condición crónica entra al aula

La necesidad se vuelve especialmente visible cuando un estudiante convive con una condición crónica. Asma. Diabetes. Epilepsia. Alergias graves. Tratamientos farmacológicos que coinciden con el horario escolar. En esas situaciones, la inclusión educativa no depende solamente de que el estudiante pueda entrar al edificio. También depende de que existan condiciones razonables para permanecer, aprender y participar con seguridad. El desafío es evitar dos extremos. Por un lado, medicalizar innecesariamente la vida escolar. Por otro, actuar como si las necesidades sanitarias desaparecieran cuando un niño atraviesa la puerta de la escuela. La respuesta probablemente esté en protocolos claros, responsabilidades definidas, formación adecuada y articulación efectiva entre educación, familia y salud.

La enfermería escolar puede ser parte de esa respuesta.

También es prevención

Hay otra dimensión menos visible. Una escuela es uno de los espacios comunitarios donde antes pueden aparecer cambios en hábitos, conductas y bienestar. Problemas de alimentación. Dificultades vinculadas con el sueño. Cambios emocionales. Situaciones de violencia. Falta de adherencia a tratamientos. Barreras de acceso al sistema sanitario. Eso no significa que un enfermero escolar deba diagnosticar todo ni actuar solo. Significa que un profesional sanitario integrado al equipo puede observar, orientar y activar articulaciones cuando corresponde, respetando competencias, confidencialidad y protocolos de protección. La prevención muchas veces empieza mucho antes de una guardia.

Una discusión que merece salir de los márgenes

La enfermería escolar no debería presentarse como una solución mágica. Incorporar profesionales sin definir competencias, dotaciones, protocolos, articulación, responsabilidad institucional y evaluación puede crear nuevos problemas en lugar de resolverlos. También sería poco serio afirmar que existe un único modelo aplicable de la misma manera a todas las escuelas del país. Argentina es federal. Las realidades sanitarias y educativas son diferentes. Pero esa diversidad no debería impedir la pregunta.

¿Qué capacidades de cuidado necesita hoy una escuela para proteger adecuadamente a sus estudiantes? Y dentro de esa conversación: ¿qué lugar debería ocupar la enfermería?

La escuela no reemplaza al sistema sanitario. Pero tampoco está fuera de él. Durante muchas horas del día, allí transcurre la vida de millones de niñas, niños y adolescentes. Pensar la salud escolar implica reconocer esa realidad. Y discutir la incorporación de enfermería con evidencia, regulación y criterios de implementación no es convertir la escuela en un hospital. Es preguntarnos cómo queremos cuidar a quienes aprenden en ella.

Fuentes